
HORA que se nos
pone de moda (no me gusta escribir
impone) la enseñanza bilingüe, especialmente para quienes no saben escribir ni expresar sus criterios en castellano, desde
El País (en todos los tomos de su “novela histórica” sólo existen laísmos, leísmos y loísmos) hasta el último de la clase, incluido repetidores, y ante la noticia de que cada alumno va a disponer muy pronto de un ordenador personal para completar sus enseñanzas, me veo obligado a dirigir contra La Junta de Andalucía, sin el mayor respeto y sin tapujos, la más feroz de mis invectivas con una buena carga, incluso, de mi mala leche.
Dejo de lado, para otro momento quizás, la impertinencia y -¿por qué no?- la estupidez de la enseñanza bilingüe, porque debemos asumir que se ha convertido en la norma habitual de bastantes países europeos y no podemos renunciar en ningún caso a la nuestra modernidad: en el Reino Unido (inglés-inglés), en Italia (italiano-italiano), en Francia (francés-francés) y un largo etc. de enseñanzas bilingües.
Por ello, voy ahora exclusivamente contra la maravillosa idea de repartir ordenadores para que cada alumno pueda, según su voluntad y altitud de miras, ampliar sus conocimientos. No se me entienda mal: he dicho ordenadores, no bibliotecas. Ordenadores. Y quiero dejarlo bien claro por si
me oye (no digo
me escucha) cualquier intelectual, esté comprometido o no, y caiga sobre mí como un desalmado para calentar a fuerza de palos mi pequeño y débil cuerpo.
Lo que digo es que, en virtud de la Justicia Distributiva (concepto que no he vuelto a ver desmenuzado en boca de nadie desde mis años mozos), si cada alumno va a contar con un ordenador, es justo que deba repartirse también el mismo número de portátiles entre los toros. Has leído bien. Entre los toros. Es sabido el atraso multisecular en materia de información que acarrea tradicionalmente esta especie animal. Si cada uno de ellos pudiese disponer de un ordenador, estoy seguro, por demás, que hubiese buscado en
Google, por ejemplo, la palabra “estoque” y conocería a ciencia cierta su significado. Incluso encontraría en alguna página ilustraciones fotográficas que le ayudasen a conocer el instrumento, su forma y sus fines. En cambio, el necio toro, como no dispone de ordenador, agacha su testuz ante el estoque y se somete a la muerte, sin tener la más leve idea de lo que pretende el torero, que, como es lógico, juega con la ventaja de haber buscado previamente en el ordenador la misma palabra y haber aprendido, de modo tan sutil, su utilización.
Sólo, evidentemente, hago responsable de tamaña injusticia a nuestra Junta de Andalucía, por su falta de sensibilidad ante las clases menos favorecidas, porque son éstas, en definitiva, y no otras, las que necesitan levantar, aunque sea mínimamente, su desfasado y anacrónico nivel cultural. Y hago responsable, de la misma manera, a los propios Sindicatos (¿dónde está la izquierda?) por permitir, sin que medie convenio establecido, que sea el toro el único que no perciba salario alguno en los espectáculos en los que actúa, con la peligrosidad que entraña (en muchos casos la muerte) el desempeño de su actividad laboral. ¡Ilusos!