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La muerte forma parte de la vida. Sólo el individualismo al que ha llegado nuestra civilización Occidental, con su endiosamiento, ha podido llevarnos a identificar lo que es parte de un proceso con éste en su conjunto, de forma que decimos que la muerte es lo contrario de la vida. O sea, que la muerte es lo contrario de lo que queremos ser, participantes de una vida eterna y en perpetua juventud. En realidad esa ha sido la aspiración de siempre, pero que conocemos mejor desde el momento en que nuestra especie descubrió la posibilidad, primero, de llevar nuestro lenguaje simiesco de signos a la oralidad y, especialmente, cuando supimos transformar esa oralidad, a su vez, en un sistema de signos estables, ajenos a nosotros, a los que llamamos escritura. Ese extrañamiento provocado por el hecho de la escritura fue cambiando el concepto de “verdad”1. Si ésta se entendía antes que era lo que tenía tal calidad de ser que lograba aferrarse a nuestra memoria (de forma que no era verdad lo que se olvidaba), ahora la objetivación, el salir de nosotros mismos para contemplar la realidad a través de la escritura, permitía contraponer la verdad a la mentira, en vez de al olvido. Por otro lado, la necesidad de llevar cuenta de los objetos de unas sociedades cada vez más complejas (esas que habían llevado al descubrimiento de la escritura) fue deslizando el pensamiento hacia formas cada vez más cuantitativas en la descripción, o sea más racionales, de forma que, lenta pero imparablemente, el número fue ocupando el lugar que antes ocupaba la palabra. Algo que se percibe muy bien cuando observamos cómo hay poblaciones muy primitivas que no poseen la noción de número, como podemos comprobar aún hoy por la existencia de un pueblo, el de los Pirahãs de Brasil, que no ha logrado desarrollar una mente cuantitativa abstracta. No sin razón la expresión de la realidad por este sistema se considero la más propia del conocimiento (máthema en griego), o sea la que corresponde a la matemática. Una matemática que hemos puesto a su vez al servicio de un desarrollo del conocimiento para saber cómo funciona la realidad y, así, saber copiarla desde fuera (aunque en realidad permanecemos dentro) y sobre todo para poder alterarla. |