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Dedicado a sesudas investigaciones de literatura griega – mis amigos, con más frecuencia de la necesaria, piensan que resido en otra galaxia – nunca tuve tiempo suficiente para acercarme a los libros infantiles de hoy. Terrible error. Sólo había llegado, en mis buenas lecturas antiguas, a los libros para adolescentes que han quedado en la historia de la literatura de todos los tiempos. Ahora, en cambio, empujado por la curiosidad insaciable de Cristina, mi sobrina de cuatro años, me veo obligado a leer, hasta caer rendido –¡leerle y leerle!– los cuentos más imprevisibles. Por una parte, ediciones de autores más o menos conocidos (desde Gloria Fuertes con sus temibles rimas hasta hombres y mujeres con premios de renombre) y, por otra, cien ediciones de Aladino, La bruja Novata, La bella durmiente, Mulán y un larguísimo etcétera, que pueden adquirirse en las tiendas de veinte duros o en las colecciones más atractivas y elegantes de las librerías. Y ríase Ud. a gusto. Cada vez que le leo uno de estos libros, tengo que suprimir con sonrojo, alterándolas, frases enteras, tan mal construidas como imbéciles, o cambiar una y otra vez, hasta la saciedad, los leísmos, loísmos y laísmos más aberrantes. Y, aunque los adultos contamos en verdad con las mismas aberraciones en la televisión, la radio y la prensa, no deja de sorprenderme que las diferentes editoriales de libros infantiles, especialmente cuentos, presenten semejante desfachatez y tan poco cuidado en el uso del idioma. Creo que mi querido amigo Antonio R. Almodóvar entenderá cuanto digo. Si los medios de comunicación cometen un temible pecado, la culpa puede, incluso, ser nuestra, porque volvemos a poner las mismas cadenas televisivas o a detenernos en el mismo punto del dial radiofónico. En cambio, las editoriales de semejantes cuentos, cuyo interés es sólo económico, cometen un pérfido crimen contra la conciencia lingüística del niño, en una edad en que el mal aprendizaje resulta tan pernicioso como inolvidable (difícil de olvidar y rectificar). El padre no sabe, no entiende, no quiere darse cuenta y sucumbe aturdidamente al llanto del pequeño que se obstina en llevarse aquel cuento y no otro. Y ¿qué hacer? No existen ni existirán leyes que castiguen a los que cometen un pecado tan etéreo como peligroso. Ni las izquierdas ni las derechas defenderán la dignificación de la lengua en los cuentos infantiles. Por lo demás, creo que no habrá quien considere menos oportuno un control de alcoholemia que un castigo contra los criminales del idioma. Porque las muertes en la carretera son visibles, crueles y pretendidamente noticiables. La muerte, en cambio, de la conciencia lingüística de los niños ni se percibe brutalmente como una desgracia, ni será jamás noticia periodística. ¡Pobre Cristina mía! |