 Intenciones
por José Antonio Moreno Jurado D ecir como Juan Ramón Jiménez que, con la nueva serie de EL HERALDO DE PADILLA, nos damos gusto a nosotros mismos no dejaría de constituir, en fondo y superficie, un tipo de masturbación intelectual demasiado parecido al del poeta moguereño. Hay mucho más. Las diversas, aunque nausebundas, prostituciones en las que están sumidas las revistas literarias y los suplementos culturales, desde los caducos siglos de nuestro Ayuntamiento hasta los montes que nos separan de Francia, no nos engañan ni nos seducen, como las jóvenes rameras de nuestras autopistas, con sus perfumes malolientes y sus ojos de drogadicción, sino que provocan en nosotros asco y desconsuelo. Es hora, me parece, de que los hombres más atrevidos, no los mejores, sino los que piensan por sí mismos, defiendan a los demás, sin mesianismos, contra la mentira y la podredumbre. Pero «¿dónde encontrar a un hombre?» se seguiría preguntado Diógenes en nuestra época como lo hacía en la suya.
Si la corrupción política, como forma de terrorismo social, sorprende a la mayoría, la corrupción literaria, mil veces más real, en cuanto forma de terrorismo del espíritu, no parece sorprender a nadie. Se acepta, sin más. Y ello en un momento de nuestra historia en el que la Literatura –poesía, novela, teatro, pensamiento– no interesa, en verdad, ni siquiera a los intelectuales que la escriben. Mejor aún, sólo a cada uno le interesa lo suyo. De ahí su paradoja. Nuestra postura, sin ser moralistas del XIX ni exquisitos de cualquier época, sólo puede ser combativa desde la ética personal. No desde intereses parciales y oscurantistas. No nos sentimos aliados de la poesía clónica ni de la poesía no clónica. Ni de la novela-montón. Ni del teatro-espectáculo. Ni de la pintura-utillaje. Ni de la música-encuentro social. Si acaso, sólo nos alineamos en las filas de lo no relativo y del buen gusto. Y, puesto que nos encontramos en el siglo de lo relativo, confesamos sin pudor que no todo es relativo. No puede, bajo ningún concepto, relativizarse el vientre abultado de los niños que mueren de hambre. Ni son relativos los genocidios de la carne o del espíritu. Ni la indiferencia. Y, de la misma forma, el dicho popular de que «el libro de los gustos está en blanco» sólo supone la descalificación de quien lo utiliza como único medio para defender su mediocridad. Los débiles, en definitiva. Pero los otros débiles. Los que no quieren aceptar que casi todo lo que se ha escrito se relaciona con el gusto. Como casi todo lo que se ha escrito se relaciona con la ética individual, no con la colectiva, si tenemos en cuenta que la última conduce a la utopía y la primera al Humanismo. Nada más lejos de nosotros que considerar bueno lo mediocre y aceptar el do ut des de la filosofía de las transacciones. Universidades que apestan a sofisticadas putrefacciones. Religiones desvaídas, sin rumbo, que han perdido definitivamente su vinculación con la divinidad porque no sienten al hombre. Medios de información que deshacen lo que nos queda del espíritu para obtener audiencia o lectores. Tradiciones vacías de contenido que, con máscaras o sin ellas, nos van convirtiendo lentamente en caricaturas de nosotros mismos. Políticos desvinculados para siempre de la antigua utopía, a la derecha o a la izquierda, pero aferrados al poder de votos inservibles que cuentan por su cantidad, no por su calidad. O, dicho de otra forma, una sociedad que no intenta en absoluto convertir toda y cada parte de la cantidad en calidad desde el equilibrio y desde la cultura. En cambio, dije alguna vez, «nadie se atreve a asumir con plenitud su hipocresía». Quizás, el problema consista en que los listos sean tontos de remate por considerar necios a todos los demás. O en que todos los demás seamos verdaderamente necios al dejarnos arrastrar por la voz de las sirenas, tan falsa y ronca como las voces del interés y del provecho personal. Al fondo, además, la falta de juicio crítico, especialmente de autocrítica, nubla a bastantes hombres la dirección del camino. Entre tanto, los intelectuales van a la deriva. Gritan, hacen aspavientos, se contonean, conspiran en tertulias y en pequeños cafetines, firman hipócritas manifiestos en los periódicos, pero en el preciso instante en que son absorbidos por el dinero, el renombre, los medios de comunicación, y las instituciones, ocultan la reciente y bien llegada fortuna en sus bolsillos, la fama en sus conciencias, la cursilería en sus gestos, la estupidez en sus lenguas y se colocan al lado de los beneficios, olvidando sus viejos gritos y sus precoupaciones por la verdad. ¿Cuál es, entonces, el papel de nuestros intelectuales en la sociedad contemporánea? De todas formas, estas páginas no son nuestras, sino de aquellos que, aunque tengan el corazón reventado por el estallido de la realidad, viven a duras penas, respiran con desgana, pero no se sienten atrapados aún, a pesar de su desesperanza, por la gélida pasividad de la muerte. |