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Hojas de crítica y pensamiento libres - Críticas literarias
Escrito por José Antonio Moreno Jurado   
martes, 09 de diciembre de 2008

 Como hace tiempo que nada me interesa, no sólo en literatura, sino en las relaciones humanas e incluso afectivas, me sorprendí a mí mismo, la semana pasada, emocionado y revolucionario, de nuevo, ante la lectura de un libro de Fernando Vallejo (colombiano) titulado La Puta Babilonia. Y ello, porque hace tiempo que ya no leo para aprender, ni para extasiarme ante la belleza, ni para comprender mejor al mundo en el que vivo y a los hombres que me rodean. Quiero decir que sólo leo por puro aburrimiento. Como hago ante Nadal, ante el Betis o ante el Sevilla. Lo mismo.

Pero, de pronto e inesperadamente, me dije: “Eso es. Esto es. ¡Éste es el libro que me hubiera gustado escribir! Ante estas páginas y este modo de hablar, siento que he perdido mi tiempo, los muchos años, entre poemas y traducciones que de nada sirven”. Por lo menos, no sé bien cuánto pueden servir al bien común. Supongo que nada.

Pero, si lo pienso bien y con cierta dosis de humildad, nunca hubiera podido escribir un libro semejante. Ni mucho menos. Primero por pura cobardía, por mi vergonzante cobardía, y, después, por el entorno asfixiante, engañoso e hipócrita en el que he vivido desde mi niñez, rodeado por las maravillas “de la gran Sevilla”.

La Puta Babilonia no es otra que la Iglesia Católica y, por extensión, el judaísmo, el islamismo y cuantas sectas y religiones han configurado nuestro mundo occidental, incluidas reformas, contrarreformas y aspavientos religiosos ingleses. Es cierto que muchos de los hechos que narra el autor no me sorprendieron en absoluto. Los conocía desde hace tiempo, tanto los que se refieren a la historia de los empalamientos, salvajadas y asesinatos en nombre de las religiones, como el nacimiento y desarrollo de los Evangelios y del cínico poder de la Iglesia que falsificó la herencia de Constantino. ¡Cuántas horas de mi vida pasé entre Padres de la Iglesia, Arrianos, Porfirios, Celsos, etc. y ante el griego de los Septuaginta, los manuscritos de Quzram, los apócrifos, Flavio Josefo, la Escuela de Autralia... Pero es cierto también, en honor de la verdad, que, para abrir los ojos un poco más a los jactanciosos creyentes (mejor plurilelos, pusilánimes y jamás pensantes), debiera explicarse en este libro cómo surgieron los sacramentos, uno por uno y de la forma más sincrética posible, y el origen de los dogmas auspiciados por los emperadores bizantinos. Además de una extensa bibliografía para que el lector inteligente supiera de dónde saca el autor ciertos datos sobre los escritores antiguos y la historia moderna. Pero todo ello es un mal menor, en este caso, y el libro vale lo que vale. ...

Llamar “trasvestidos” a los últimos papas, por callarme ahora las desventuras renancestistas, es un acierto tan socarrón como novedoso. ¡Qué pena que nunca se me hubiese ocurrido a mí, tan ateo en esta etapa de mi vida, tamaño vocabulario, tan preciso y pictórico al mismo tiempo! Por lo demás, exactísimo, puesto que yo mismo había oído a los propios romanos, en Castelgandolfo, llamar alegremente a Pablo VI “Mamma Paola”. Pero entiéndase bien que no se trata de un juego divertido, ni de mala voluntad, ni de injuria alguna, sino de una forma inteligente de aludir al engaño secular de la Iglesia. A la mentira y la sinrazón de todas las iglesias.

Para mi gusto, aquí no tiene cabida la lucha secular entre fe y razón, tan sacudida y agudizada por la filosofía, desde el momento en que Vallejo está convencido de que, entre los Cristos posibles, el Cristo que hemos heredado de nuestros mayores nunca existió, como los otros Cristos. Por tanto, en buena lógica, la eterna disputa entre fe y razón no tiene sentido. Y que los Evangelios están inspirados por el Espíritu Santo es otra falacia de peso incalculable, puesto que son los propios intereses de la Iglesia los que deciden, hacia el año 200, cuáles están inspirados y cuáles no.

No creo, sin embargo, que en esta Sevilla capillitera y sumamente inculta tenga cabida el libro. En absoluto. Además, no importa demasiado si todo es mentira, o no, porque los mantitos bordados, los candelabros labraditos, las florecitas de cera, los palios, los respiraderos y majaderías semejantes están por encima de la existencia de Cristo y de los Evangelios. Si nada de ello fuera verdad, la Iglesia en sí misma y su doctrina, no tendrían importancia alguna. El capilliteo está por encima de la verdad y de la mentira. Existe en sí mismo y por sí mismo. Y, aunque un poco de reflexión y de cuestionamiento religioso no vendría mal a nadie, no puede darse aquí. Es imposible. Es imposible que, en el fétido hedor que desprenden los capilliteos, aparezca un día ningún interés por saber la verdad, por acercarse a la verdad. Así nos va el rebaño. E incluyo aquí a la prensa, la radio y la televisión.

Un maestro de no sé qué colegio público acaba de decir estos días a mi sobrina que la niñas que no creen en el Espíritu Santo son tontitas, que están vacías por dentro, y que su destino es ser “Marías de delantal y de aspiradoras”. Como se comprende, se trata de un fanático de capa y espada. O la profesora de música del año pasado que la obligaba a estudiar la composición de las bandas de música de Semana Santa, olvidando a los grandes compositores que en el mundo han sido.

De los políticos, ni hablar. Ellos no leen a Porfirio ni a Celso (¿para qué?), empeñados sólo en presidir (porque viste mucho) los Corpus, los San Fernando, las misas por los desastres civiles, sin tener agallas para separar definitivamente la Iglesia del Estado. Y hay más. Los que se consideran intelectuales tampoco se plantean la verdad y la mentira, porque tampoco leen ni se afanan por conocer estas anticuallas de la razón. ¡El capilliteo va más allá de la mentira de las encíclicas papales! Hasta los mariquitas sevillanos (los de los varales y los éxtasis en las puertas de las iglesias, no los auténticos homosexuales), los que tienen en los salones de sus casas imágenes multicolores y baratas de los papas, compradas en los alrededores de El Vaticano para gloria del Banco papal, se oponen a las bodas gays, en un contrasentido terrorífico, porque lo manda la Iglesia, aunque suelen bajarse al moro a pagar cinco euros por cinco minutos de amor marroquí. A euro el minuto. ¡Cómo puede ser soportable la mentira!

Por tanto, pocos leerán La Puta de Babilonia. ¿Para qué? Los retógrados y los fanáticos no leen. No reflexionan. Sólo tachan en los calendarios los días que faltan para la efemérides. Y yo sigo estúpidamente vivo para continuar viendo lo que no quiero ver. Ni libertad, ni democracia, ni leches, cuando la base o los cimientos de todo ello no existe ni existirá. Sólo la inercia de seguir adelante.

 

 

 

 

 


José Antonio Moreno Jurado
 

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