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Pensamientos libres
Escrito por Miguel Florián   
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La sinceridad en la poesía
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LA SINCERIDAD EN LA POESÍA

por

Miguel Florián 

 

 

R
ILQUE mostró su sorpresa a causa de que al poeta le fuera permitida la veracidad mediante el engaño. A la Poesía se le puede pedir –y hasta se le debe exigir– mucho: emoción, belleza, elegancia, armonía..., pero yo creo –y subrayo que es una opinión personal– que, ante todo, debe pedírsele sinceridad, y lo demás, en mayor o menor grado, vendrá por añadidura. De sobra sé a qué me arriesgo al sacar del desván, y desempolvar aquí, el antiguo y seguramente desprestigiado concepto de sinceridad. Además, ni yo mismo me siento capaz de concretar lo suficiente una categoría que, paradójicamente, me parece imprescin­dible. Tan desgastada se encuentra por el exagerado uso que la moral y la religión le dieron en el pasado.

 

Deseo dejar claro que no debe identificarse – aun cuando exista una enorme cercanía– sinceridad con verdad. La verdad parece haber adquirido un aspecto demasiado espectral, extramundano, alejándose en exceso de la experiencia concreta donde se desenvuelven los individuos concretos. La sinceridad, por contra, es más humilde y se asienta en el ámbito de la actuación personal de cada hombre. Por eso, lo opuesto a sinceridad no puede ser falsedad, sino fingimiento o, como quería Sartre, «mala conciencia». La sinceridad desconoce el artificio, la impostura, la intencionalidad egoísta de quien disfraza lo real con los ropajes de su ambición. Para poder servirnos de esta categoría con suficiente autonomía (fuera de estricto territorio de la eticidad) y utilizarla en el terreno estético, es preciso indicar, con brevedad, cuál pueda ser el significado de la obra de arte. No puedo ocultar que soy de los que consideran que, en efecto, la obra de arte se haya transida de intencionalidad, atravesada de sentido. Si así no fuera, cualquier opción podría parecer aceptable pues que se carecería absoluta­mente de referencia. Posturas como ésta están influidas seguramente por el tardorromanticismo de Nietzsche o, mejor aún, por su gran maestro, Arthur Schopenhauer. Considero, siguiendo las enseñanzas de éste, que «el genio poético es comparable a un espejo que concentra y reproduce con claridad lo esencial, suprimiendo lo contingente». Es decir, que el Arte, y la Poesía en particular, posee una función desveladora y acrecentadora de lo real. Pretende levantar el velo que encubre alguna región del espíritu humano (propiciar justa­mente ser «el que se es»). «Puedo llegar a ser sincero –afirma Jean Paul Sartre–, he aquí lo que implican mi deber y mi esfuerzo de sinceridad». La sinceridad no es un estado, pues que su naturaleza es dinámica y se asienta en el reino del deber ser (de ahí la dificultad de darle un uso estético; pero hemos de tener en cuenta que el deber no es exclusivo de la esfera ética, sino que abarca todo el universo de la acción humana). 


 
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