| El teatro, hoy |
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| Escrito por Juan Polo | |||||
Página 1 de 3 R ESULTA de gran utilidad, sin duda, cuando de acercarse a cualquier fenómeno o manifestación artísticos se trata, pertrecharse de criterios autorizados, y no por ello menos audaces, en torno a la esencia o a la finalidad del Arte. El Arte, así, con mayúsculas, único concepto que puede aportar un mínimo de orden al ambiguo, confuso y en cierta medida caótico mundo en el que hoy, por culpable presunción e interesada osadía, se inscribe el teatro en España. «Levantar un mundo y traer aquí la tierra son dos rasgos esenciales del ser-obra de la obra», escribe Heidegger en el Origen de la obra de Arte, para añadir más adelante algunas de las aseveraciones más sugestivas y certeras: «La belleza es uno de los modos de presentarse la verdad como desocultamiento» o «El llegar a ser obra de arte es una manera de devenir y acontecer la verdad» («El origen del arte», en Caminos de bosque).Esta fecunda asimilación de belleza y verdad, de clara raigambre platónica, por otra parte, como con magistral lenguaje se evidencia en El Banquete, impone un alto y básico principio de autoexigencia, no sólo en cuanto atañe al creador, al autor, al dramaturgo –y por coimplicación a actores y director escénico–, sino también por lo que respecta al público, el cual, al adoptar una actitud pasiva, exclusivamente receptora, tal como acontece a diario en las salas donde rutinarios, languidecientes se exhiben los espectáculos teatrales, abdica de su función esencial de constituirse en cuidador, guardián, coautor del mundo que la obra, si es verdaderamente tal, ha de desvelar. No se trata, desde luego, de establecer fórmulas de actuación, que serían tan pretenciosas como estériles. Las falsillas estereotipadas resultan ineficaces; las normas de preceptiva literaria han sido felizmente superadas. En realidad, el auténtico problema del teatro, como el del Arte en sentido amplio, es su carácter enigmático. El Arte, como la Filosofía, son campos en donde abundan las preguntas y escasean las respuestas. Se entiende que lo que caracteriza al hombre inquieto, al creador orgulloso de su misión y de su servidumbre es el propósito de llegar más allá de lo conocido y directamente expresable. El teatro, en definitiva, es un acto de amor correspondido. Y ya se sabe que el amor es siempre milagroso. No se trata, tampoco, de comulgar con las tajantes clasificaciones de los géneros literarios, que ni han sido fijas a lo largo de la historia ni responden a los requerimientos de mestizaje artístico y multi-culturalidad que definen el arte más avanzado, en el momento en que vivimos. Desfasada la finalidad mimética del arte, que en tiempos clásicos se consideró esencial, hemos asistido, en el presente siglo, a la explosión del subjetivismo. El fenómeno que Ortega y Gasset llamó deshumanización del arte ha devenido, en gran medida, expresión de una aventura interna, angustia, rebeldía, absurdo. En el ámbito escénico es, precisamente, el teatro de este nombre, el teatro del absurdo, el que ha demostrado una mayor vitalidad y, como dice Martin Esslin, «puede ser considerado como exponente de lo que parece ser actitud más genuina de nuestro tiempo», obvia y estrechamente vinculado a la filosofía existencialista tan en boga entonces, y uno de cuyos ejes «es su sentido de que las certidumbres y supuestos fundamentales e inamovibles del pasado han sido barridos, han sido puestos a prueba y han resultado ineficaces» (El teatro del absurdo). |
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