Los últimos metafísicos PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Albert Guallart   
 

LOS ÚLTIMOS METAFÍSICOS

por

Alberto Guallart

 

 

C

UANDO algo ha sido muy poderoso y de buenas a  primeras se viene abajo es muy difícil imaginar que no queden por ahí, ocultos, camuflados, disfrazados y acaso usando nombres falsos, restos todavía vigorosos de aquel esplendor ahora en ruinas. La soberanía de las ideas es más difícil de derrocar que cual­quier empolvado monarca absoluto. A éste se le conduce al cadalso, se le corta la cabeza, a su primogénito también, a todos sus parientes más allegados y ¡a otra cosa!

 Las ideas, sin embargo, no son tan simples de eliminar. Los vetustos sistemas filosóficos –como el metafísico– no se dejan decapitar así por las buenas. Aunque conozca el exilio, la deshonra, el descreimiento de todos, la burla de los mejores y la condena de las academias, el pensamiento metafísico finge morir poco a poco por falta de alimento, de aburrimiento o de asco. Digo finge, porque en realidad disfruta aún de poder, de hogares de donde todavía no lo han des­hauciado, de cátedras, en fin, desde las que prosigue enseñando la existencia de mundos suprasensibles y la tortuosa doctrina del Ser.

Fingen desaparecer, pero están reorganizándose los metafísicos. Como saben que están mal vistos y que cualquier francotirador tiene licencia para hacer blanco sobre ellos, a poco que muestren sin cautela su auténtico rostro y sus «protervas» intenciones, prefieren ir dándoselas de «maestros de lectura», de religiosos racionalistas y ecuménicos y hasta –los menos ingeniosos– de catedráti­cos de Estética.

Pero no son éstos, sin embargo, los que llevan dentro de sí mayor peligro, porque basta removerlos para que enseguida se levante el poso que quieren mantener sedimentado. No. Los peligrosos son aquellos que se cuelan de rondón sin que advirtamos la falsedad de las credenciales con las que se pasean delante de nuestras narices. Al desenmascaramiento de un grupo de estos comandos metafísicos se van a aplicar las líneas que siguen.

Detrás de un, en apariencia, inocente corrector de ortografía, tras la vene­rable figura de un escrupuloso amante de los textos bien puntuados, se agazapa un metafísico, un pontífice del Ser, un clérigo y un metarrelato. Detrás de un manual de ortografía hay una biblia metafísica, por debajo de un libro de estilo laten las substancias..., las substancias con b intercalada como gustan escribir los metafísicos. Con b de Bondad, Belleza y Bien.

Las espadas ya quedaron en alto en tiempos de Platón. Desde entonces, permanecen enhiestas y los bandos encontrados. Desde el diálogo Cratilo, los equipos saben perfectamemnte cuáles son sus colores. Cratilo imagina que el nombre de las cosas responde a su esencia, piensa que el nombre que las distingue hunde su etimología en el Ser de esa cosa. Por su parte, Hermógenes sostiene que todos los nombres han sido determinados por los hombres a través de una convención más o menos azarosa. Mientras, para uno, el nombre viene a ser la entrada al conocimiento de la cosa, para el otro, con  los nombres no cabe hacer más que aprenderlos a  fin de ir entendiéndonos. La postura de Cratilo evidencia que el lenguaje, natural de suyo, obedeció en su origen, y prosigue obedeciendo, a una gramática común que gobierna la fundación de todos los idiomas particulares. Existe, pues, una razón gramatical profunda que hace que las cosas se llamen como se llaman. De nuevo Dios, pero esta vez manifestado en el abecedario. De nuevo el orden y no el caos. De nuevo el ser y no la nada.

Hermógenes descalabra por su parte este hermoso discurso apoyándose en el espíritu que alienta e hincha la orgullosa sentencia de Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son». Con razón el abderita fue acusado de ateísmo y conde­na­do al destierro, porque en buena y enderazada lógica dejaba impiadosamente abierta la posibilidad de que cada cual tirara hacia el monte de sus conveniencias. Hermógenes, Protágoras, Gorgias y todos cuantos han profesado cualquier tipo y grado de escepticismo toman el lenguaje por un artefacto cuyo manejo no importa poco ni mucho sabérselo porque, en resumidas cuentas, el artefacto no funciona bien. A este gremio pertenecen también quienes defienden que es el pueblo el que determina la norma del lenguaje, movido a ello por sus intereses y sus cuentas. Cratilianos son, por el contrario, los nigromantes que escrutan el nombre oscuro de las cosas; el nombre que el uso ha ocultado o corrompido. Hay, piensan éstos, un abracadabra arcano en todas las cosas que, si acertáramos a pronunciar correctamente, liberaría la esencia de las cosas, de cada cosa.

Emparentados con esta familia andan también los etimologistas naturales. Aplicados a ello por una inclinación vocacional o tal vez por motivos menos aireables en público, estos etimologistas, con el auxilio de un repertorio de onomatopeyas, traídas algunas por los pelos, sostienen que el fundamento del lenguaje son los sonidos de la selva. Dice Renan que «la lengua de los primeros hombres no fue más que el eco de la Naturaleza en la conciencia humana». De aquí se declinan muchas conclusiones y no es, por cierto, la más llamativa e importante la que nos revela la cuna de las palabras en el remedo del roncar, del gruñir, del tragar, del chupar, del soplar y de cuantos acordes echa mano el hombre para satisfacer sus más perentorias necesidades.

Saber que la poesía de Vicente Aleixandre o La montaña mágica de Thomas Mann no son más que una manera depurada por el uso de eruptar, sonarse los mocos, ventosear y batir tripas puede sorprendernos aunque, acaso, algo de razón alumbre a los que así lo argumentan. No sé. La onomatopeya como acción es la conversión en palabra de un ruido de la Naturaleza que se imita. Ese grito lejano, telúrico y profundo, articulado casi sin el concurso de la voluntad, surgido desde el miedo o desde los instintos, sería, para los etimologis­tas naturales, el ánima de las palabras, ese ánima de la que habla Cratilo.

No creo que merezca la pena abundar en el desengaño que le sobrevendría a Platón si alguien pretendiera convencerle de que la Idea, el nombre que singulariza, remonta su etimología no al cielo sino a la algarabía de la selva. Fatalmente concluiría Platón en la perplejidad  si viera  las palabras más nobles el resultado al que han llegado, tras un proceso degenerativo por el uso, los broncos aullidos del instinto. Para nuestro propósito, sin embargo, nada se le da que el origen de las palabras y, por ende, del lenguaje esté encadenado a la necesidad de la Naturaleza o a un demiurgo divino que usa de la etimología para revelarse a los hombres. Del lado de Hermógenes admitimos a ultranza, aunque templando siempre el juicio en los calderos refrescantes de la prudencia, que el libre albedrío se enseñorea de los asuntos humanos en una proporción tan grande que hace ridículo explicar, en este caso del lenguaje, la complejidad de las palabras solicitando el testimonio de las onomatopeyas o de la teología.

Declaramos asimismo estrategia metafísica que los profesionales del lenguaje, que son en ordenada enumeración: los escritores, los filólogos, los periodis­tas y cuantos hacen de la palabra vida o negocio, decimos que es artificio metafísico que apliquen rigores inusuales a los textos por ver si traen faltas de ortografía. El hecho de escaldar un texto evidencia un natural metafísico porque, si queda dicho ya que la estirpe de los cratilianos semeja mucho a la de los etimólogos naturales, ambos recuerdan, como una gota de agua a otra gota de agua, a los clásicos del pensamiento perenne, a los escudriñadores del Ser. Unos y otros descubren órdenes y necesidades en cualquier parte en donde pongan los ojos por este inmenso teatro del mundo. Y, si el lenguaje, natural de suyo dijimos, retrocede en su origen hasta el tiempo mítico de los balbuceos instintivos o hasta el in illo tempore sagrado de las ideas, ¿acaso no conviene tomar a los ortodo­xógrafos por celosos sacerdotes que cuidan de que a la religión (el lenguaje natural) no la estorben descuidos en las rúbricas (la ortografía)?

 

 

 
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