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Escrito por Daniel Lebrato   
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Tradición y Originalidad
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TRADICIÓN Y ORIGINALIDAD

por
Daniel Lebrato

El poeta mejor viene de lo
tradicional y desde la rica
mina profunda alcanza, si
tiene alcance, las aéreas ramas
de lo auténticamente nuevo.
(J.R.J.)




I

 

 

U

NO de los vacíos más lamentables y dañinos de nuestra teoría académica y práctica docente, es elogiar por bueno lo simplemente antiguo, aunque lo antiguo no tenga mérito ni tanto así de talento. Había que ser más rancios que el dichoso Roldán del cantar francés, o agrandar a toda costa la raquítica romanidad de las jarchas hispanoárabes. Descartemos lo popular-tradicional tan de la escuela filológica española y no nos parezca indiscutible la nómina de nuestros clásicos, ese amojamamiento al que Borges llama incomprensión y los estudiantes, libro de texto.

 La tradición –como producto registrado pasiva­mente en nosotros, fruto de aprendizajes y lecturas, prenda que pagamos por haber llegado tarde («nuestros mejores versos siempre los han escrito otros»)– es lo que en Lingüística se llama Lengua, y el Habla equivale a la propia creación, inevitable búsqueda del querer decir algo. (Conclusión provisional: cuando leemos al amigo o compromiso que nos pasa sus inéditos, notamos enseguida su actitud –o desconocimiento– ante la tradición, lo que, a menudo, desmiente su supuesta originalida­d).

 Hoy la tradición es un peligro para el que escribe, porque el que escribe puede dar por nuevo un camino ya trillado. Antes, en cambio, la tradición era el puerto donde la obra anclaba segura de tempestades. Para salvar el pellejo, el astuto Juan Ruiz se acoge a aquello de «dícelo el sabidor» (supongamos Aristóteles). La fórmula letrística del «en scripto yace esto» de los frailes se mira en el espejo oral del «bien oiréis lo que dirá» de los juglares: el transmisor como puente entre una Antigüedad que se da por buena y unas postrimerías de cuya didáctica depende la salvación de las  almas. ¡Cómo será que el tempus fugit en esto de los clásicos, que ya en el siglo XII sus contemporáneos eran para Bernard de Chartres «enanos encaramados en hombros de gigantes»! Si eso era así, ¿qué diremos ahora los modernos o postmodernos, tantos siglos después?


 
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