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Escrito por Daniel Lebrato   
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Tradición y Originalidad
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 Lo normal es que nuestro propio concepto de lo clásico se transfigure en otra idea y que con ayuda de la crítica, sepamos cada vez más oír los sonidos del silencio. Siguiendo al profesor Garrido Gallardo «la Literatura (con mayúscula) viene definida por una alta tasa de información» y «la literatura de masas esta compuesta por los mensajes con una tasa de redundancia prácticamente total»: la tradición larguísima nos asegura hoy una producción artesanal de escritos cuya calidad media es tan aceptable como anodina. Saber qué de ese material merece la pena, es el primer reto que afronta, si no el autor, el comprador-lector en librerías (más cuatro por ciento de IVA).

  Cierto que las raquíticas condiciones del actual mecenazgo condicionan al alza lo que escribimos y fomenta esa inflación libresca de premios literarios que piden así por las buenas mínimos de setecientos o más versos. Jorge Manrique (480 en sus «Coplas») no se ajustaría a las bases ni podría –tampoco San Juan– presentarse a concurso. Un conserje listillo les devolvería sus ejemplares.

 Desde éste y otros puntos, está más cerca nuestro siglo a los siglos medievales y a aquellos que se llamaron De Oro. Los clásicos, aun con sus fallos, nos dan una formación valiosa al menos para saber contra qué enemigo –o tradición– luchamos.  Quien esto ignora, se nos queda ingenuo, confesional, romántico. A fin de cuentas, en tradición habrá de metabolizarse lo genial que ahora inventemos. Otra vez el problema que Roland Barthes formulara con su «¿Por dónde empezar?». El estigma del autor es fundir en sí mismo la doble condición de crítico y de creador, conciencia esquizofré­nica que, juanramo-nianamente hablando, no se resuelve en la vida.

 

 



 
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