Economía y sexo PDF Imprimir E-Mail
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Hojas de crítica y pensamiento libres - Pensamientos libres
Escrito por Genaro Chic García   
domingo, 28 de enero de 2007
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Economía y sexo
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Hoy las cosas empiezan a ser distintas. Por un lado, la mujer, convertida en productora-consumidora en el marco de un mercado cuantificador (se dice que una mujer no trabaja si su trabajo no está cuantificado mediante un sueldo) no depende económicamente de su macho (“marido” no significa otra cosa, repasen la etimología), lo que le lleva a no tener que someterse a la sexualidad repetitiva y superficial de su pareja masculina si no lo desea. Pero por otro sigue teniendo una sujeción a su naturaleza biológica que le lleva a querer parir (se dice que llega un momento en que siente que “se le pasa el arroz”), que le inclina también de forma natural a sentir la necesidad de mayor apoyo para la crianza. En esta perspectiva el varón –con el que ha convivido con frecuencia bastante tiempo antes de tener hijos en perfecto concubinato (o “acostamiento juntos”)- siente menos interés por la institución de un matrimonio que no le reporta tantos beneficios como inconvenientes, sobre todo desde el momento en que tiene que hacerse cargo económicamente de unas crías de su mujer, la cual ha dejado de prestarle servicios sexuales y de compañía. En estas circunstancias es fácil entender por qué en nuestras sociedades occidentales, de amplia libertad sexual, ha aumentado tan notablemente la prostitución femenina y la homosexualidad cultural masculina (un agujero es un agujero, y cuanto menos problemático sea, mejor).

Pero junto a este problema social relacionado con las sociedades de mercado (o sea aquellas que están por entero regidas por la oferta y la demanda cuantificables) existe otro no menos importante: puesto que las personas son solamente elementos cuantificables iguales, sin distinción de sexos, se puede prescindir de ese antiguo elemento natural que es la sexualidad reproductiva y exigir una movilidad laboral que la mayor productividad puede exigir. Si un elemento de la pareja sexual vive en un lugar y otro en otro lugar, es evidente que la cohesión de la pareja tiende a resentirse, lo cual poco importa a un sistema que, desde su absoluta racionalidad, ha prescindido de las desigualdades naturales que antes buscaban el equilibrio y que ahora todo les aleja de él. Por otro lado el hombre, del que se han apartado sus “nocivas” necesidades guerreras, no siente necesidad de criar hijos para la patria como antaño le pasaba a los romanos. Sobre todo en un mundo en que la especie humana se ha extendido como el mejillón cebra en el Levante español, constituyendo una plaga que acaba con el equilibrio del ecosistema (la población mundial ha pasado de 3.000 a 6.000 millones en 50 años).

Volvamos la vista atrás para entenderlo mejor. Porque  creo que hoy, a dos siglos y medio de la llamada Revolución Copernicana, vamos teniendo suficiente perspectiva como para analizar lo ocurrido en el plano de la generación y transferencia de bienes, así como en otros campos. Es sabido que nuestro siglo XVII europeo supuso como afirmación de un cambio de paradigmas intelectuales, que nos llevó a establecer nuevos horizontes culturales en los que el individuo se pudiera sentir más suelto por ampliación de la jaula de la libertad. Como en otras ocasiones el desarrollo de la racionalidad abrió nuevas rutas a los comportamientos sociales en general y a los económicos en particular. Desde nuevos planteamientos racionales se atacó todo aquello que pudiera constreñir la libertad del individuo, y se creyó en ello de tal manera que el nuevo mito racionalista vino a sustituir, de forma paulatina pero con fuerza, a los antiguos mitos relativos a las religiones trascendentes. Expulsado el hombre del centro del Universo por su propia razón (que previamente lo había situado ahí) se resolvió a seguir conservando su puesto rector en un nuevo horizonte cosmológico. Siguiendo un proceso iniciado bastantes siglos antes, se continuó el extrañamiento del ser humano respecto a su envoltorio natural. Frente a aquella época en que el hombre podía ser objeto de compraventa, la nueva sociedad rechaza la esclavitud como algo ajeno a la nueva naturaleza dirigida por la mente humana al tiempo que abstrae el concepto de trabajo para que, en un marco de libertad (regido por las leyes de la oferta y la demanda que deberían tender al equilibro), el hombre pueda vender algo propio pero no a si mismo. Pero el esclavismo sólo ha cambiado de horizonte, no ha desaparecido por el hecho de haberse abstraído, como ha sucedido con el dinero. Si antaño el esclavo no podía tener hijos más allá del marco biológico impuesto por la naturaleza, hoy vuelve a suceder lo mismo. El matrimonio va quedando relegado de nuevo a quienes puedan disponer de un patrimonio suficiente como para derivar los temas laborales en otros. La diferencia está en que ahora parece que estamos contentos con ser esclavos. Nada más.

 


Genaro Chic García



 
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