Economía y sexo PDF Imprimir E-Mail
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Hojas de crítica y pensamiento libres - Pensamientos libres
Escrito por Genaro Chic García   
domingo, 28 de enero de 2007
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Economía y sexo
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La lectura de unos fragmentos que me envía un amigo del trabajo de  B. Russell titulado "Nuestra ética sexual" (contenido en Por qué no soy cristiano, [1936] Págs. 217-231) me sugiere un tema que considero que es del mayor interés en la sociedad que vivimos: el de la relación entre economía y vida sexual.

Acabo de leer también en E.E. Cohen, en su Atenian Economy & Society (Princeton, 1997 [1992]), uno de los frecuentes ataques que se hacen a los defensores de la idea de que la economía antigua se encontraba empotrada (“embedded”) en el sistema social y por tanto no se puede considerar con los parámetros intelectivos actuales. Un ataque que parece derivar del hecho de que hoy se considera a la economía como un mundo autosuficiente, lo cual es evidentemente absurdo, pues como bien señalaba B. Russell: “La pretensión de las mujeres de ser iguales a los hombres es lo que más ha contribuido a hacer necesario un sistema nuevo en el mundo actual”. Una igualdad que deriva de su conversión en productoras-consumidoras en la perspectiva cuantitativa del economicismo moderno. Lo que es planteado por Russell desde la perspectiva derivada de ese liberalismo que se basa en una igualdad muy racional pero que implica que “si las mujeres han de tener libertad sexual, los padres tienen que desaparecer y las mujeres no deben esperar que sus maridos las mantengan”. Y aquí comienza el problema.

En 131 a.C. Q. Cecilio Metelo pronunció un discurso que nos ha transmitido Aulo Gelio (I, 6, 1): “Si pudiésemos vivir sin esposa nos ahorraríamos todo este engorro. Pero la naturaleza se ha dispuesto de tal manera que no podemos vivir agradablemente con una esposa ni vivir en absoluto sin ella. Vale más por tanto pensar en perpetuar nuestra raza que en darnos algunos momentos de placer”. Una idea que plantea la perspectiva masculina de una sexualidad que considera tener hijos principalmente como un deber social y no como una necesidad vital (es evidente que a los hombres no nos pide el cuerpo parir). El varón necesita fundamentalmente a la mujer para que le resuelva las pulsiones sexuales propias derivadas de su generación continua de líquido seminal que hay que evacuar, y para que le haga compañía. Hesíodo, en el siglo VIII a. C. lo expresa muy bien en La Teogonía (vv. 600-612): “Otro mal les procuró [Zeus a los hombres] a cambio de aquel bien: El que huyendo del matrimonio y las terribles acciones de las mujeres no quiere casarse y alcanza la funesta vejez sin que nadie le cuide, éste no vive falto de alimento; pero al morir, los parientes se reparten su hacienda. Y a quien, a cambio, le alcanza el destino del matrimonio y consigue tener una mujer sensata y adornada de recato, éste, durante toda la vida, el mal equipara constantemente al bien. Y quien encuentra una mujer desvergonzada, vive sin cesar con la angustia en su pecho, en su alma y en su corazón; y su mal es incurable”. O como cantaría el grupo Mecano, siguiendo una vieja tradición popular: “Es por culpa de una hembra que me estoy volviendo loco, no puedo vivir sin ella, pero con ella tampoco” (En versión popular: “Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero”).


 
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