| La sociedad de consumo (de cocaína) y la orgía |
|
|
|
| Escrito por Genaro Chic García | |
| miércoles, 25 de julio de 2007 | |
|
La orgía era una fiesta religiosa popular en la antigua Grecia, sobre todo en las capas populares sobre las que se hacía sentir con más fuerza el peso de la cultura y con él la imposición del trabajo con una finalidad elegida, que distingue al hombre de los otros animales. Como señaló muy bien G. Bataille, en su libro sobre El erotismo, consiste en olvidar, de forma ritualizada y en momentos concretos, las imposiciones represivas de la cultura, que se hacen especialmente sensibles en lo relativo a la regulación social del uso del sexo y de la muerte. Durante un breve espacio de tiempo las personas abandonaban su rutina laboral y se lanzaban a un desenfreno (en el sentido literal de la palabra) en relación con el sexo, copulando libremente, y la muerte, desgarrando seres vivos y consumiéndolos sin cocinar (la cocina es otro de los rasgos culturales humanos). Para animarse y quitarse de la cabeza los valores culturales que llevan a admitir como natural la represión que toda cultura impone (con vistas a intentar superar lo inevitable de una muerte propia de la que sólo el ser humano ha llegado a tener conciencia y que le ha llevado a oponerse a los designios de la Naturaleza con formas culturales), para animarse, decía, se hacía uso de desinhibidores como el alcohol u otras drogas, que se mezclaban con algunos alimentos para consumirla (kykeón). Una droga, sobre todo el opio, que no estaba prohibida en las sociedades antiguas. En concreto sabemos que el Estado romano cobraba impuestos de aduana por su importación de la India (Digesto, 39.4.16.5) y que en las excavaciones se suelen encontrar a veces pipas para su consumo. En el caso de Atenas, las orgías fueron suavizadas y metidas en el marco del Estado, que les quitó su ferocidad. Algo así como le pasa a las chirigotas cuando son subvencionadas. Había procesiones públicas y oficiales portando grandes penes (costumbre que aún se mantiene en una fiesta japonesa) y uno de los gastos más grandes (aunque no de los más publicitados por nuestros historiadores burgueses) eran los ditirambos, las danzas frenéticas de los psuedo-sátiros y pseudo-ménades (“locas”). Pero todo estaba ritualizado y sometido a normas. Algo así como los carnavales. Hoy se habla de cultura lúdica y permisiva. Lo cual, si bien se mira, está más bien en el plano de la anticultura (pues la cultura es represiva per se: no se puede violar, por ejemplo, a quien sexualmente te apetezca, aunque tengas fuerza física para hacerlo). El sentido de orgía, de rechazar la represión se extiende en un tipo de sociedad en la que el sumo individualismo sólo es posible por el crecimiento progresivo del “Gran Hermano” que a todos nos controla (¿quién lo controla a él?). El consumo es el fin de unas vidas que han optado por “tener” por encima de todas las cosas. Las necesidades se crean, a través de la publicidad, por quienes viven de satisfacerlas y nos vemos impulsados a un trabajo si fin para poder consumir sin fin. Algo muy cultural. Hace falta escapar de ello y la orgía se convierte en una necesidad ella misma, como elemento contracultural que impida la depresión profunda. La droga, como ya hemos visto, ayuda a desinhibirse. Y se consume (de nuevo el mercado, que entra por la ventana cuando se arroja por la puerta). Las empresas políticas incitan al consumo liberador, y se inventan eso de cultura lúdica. No se debe llevar la contraria. A los niños hay que educarlos en la no-represión. No se les debe traumatizar con la percepción clara de lo que es la cultura, aunque eso sea lo que a medio plazo permite acomodarse a ella y a sus inconvenientes con vistas a disfrutar de sus ventajas (vivimos el triple que los otros monos próximos a nosotros). No hay que traumatizar a los niños con prohibiciones culturales, ni que educarlos en una cultura de esfuerzo. La sociedad (en la que por lo visto no participan) se lo dará todo. Sólo deben desinhibirse y consumir. Se puede recomendar eso del “consumo responsable”, pero no pasa de moralina de anuncios. La droga se convierte así en un negocio casi tan grande como el de la prostitución (al que se añaden otras “industrias”). Bien llevado, ese negocio puede pasar sin causar problemas aparentes. Por ejemplo en Sevilla, una capital de la droga de España y esta a su vez primer país consumidor del mundo, según la ONU, la consecución de la droga se logra sin grandes problemas de orden público. Los enganchados irrecuperables (o casi) se utilizan por las organizaciones que los ponen a ganarse su “sustento” como “gorrillas” (también es Sevilla la capital del aparca-coches o “gorrilla”) y así se evita el peligro de que, movidos por el “mono” o síndrome de abstinencia, atraquen a los ciudadanos y pongan en peligro la paz social. ¿Por qué no hay, si no, ningún interés en acabar con su indeseable presencia?. La droga, elemento desinhibidor de la cultura que a su vez ha creado toda una cultura y un sistema de valores, es un gran negocio para todos. Menos para los que la padecen. Pero ¿a quiénes interesan éstos? ¿A quién le interesa de verdad quitar a los gorrillas haciendo que baje el consumo y nos gastemos el dinero en desenganchar a quienes se han hecho esclavos del consumo? ¿No estamos en una sociedad de consumo?
Genaro Chic García |
| < Anterior | Siguiente > |
|---|














