La panarra PDF Imprimir E-Mail
Calificación del usuario: / 11
MaloBueno 
Hojas de crítica y pensamiento libres - Pensamientos libres
Escrito por José Manuel Padilla Monge   
viernes, 07 de septiembre de 2007

Ha de saberse, antes que nada, que el pueblo conocido como Planar de la Sierra no está en la sierra ni mucho menos, es más, tardaríamos más de cuatro días andando para llegar desde la ermita de San Victorico hasta los aledaños de los Montes del Coronel, que no son sino unos alcores con más nombre de grado que de altitud.

Allí en medio, por decisión de un cacique afrancesado, se yergue Planar de la Sierra a cuyoLa panarra alrededor no hay ni un inocente acebuche, tanto es así que los gorriones hacen sus nidos entre las piedras, disputándose cada chinorro con las perdices.

El alcalde de tan distinguida villa prohibió los cohetes cambiándolos por sopapos y la caza con escopetas o perchas, porque podía espantar a los pocos gorriones y avechuchos que rondaban por allí. Así que para comer arroz con pájaros había que correrlos a base de pedradas, asunto en el que andaban muy diestros los habitantes del lugar. La coqueta ermita de San Victorico tenía una pequeña campana alojada en una semitorre, la cual hacía sonar la sacristana a base de ladrillazos unas veces y otras con piedras parecidas a los cantos rodados, para no dañar el bronce. La tal sacristana, no erraba nunca. De esta habilidad podría escribirse un tratado completo, ya que si el lenguaje de ciertas regiones se fundamenta en sonidos guturales y expresiones cacofónicas, aquí en Planar de la Sierra lo más normal del mundo es que un mozo llame a su pareja a través de una sonora pedrada a su balcón. Si alguien recibe un chinazo en la espalda, no piense el lector que se trata de un acto vandálico, no, sino  un ejemplo de ternura con el que un vecino saluda a otro. Son así de naturales.

Con estas habilidades tan peculiares era comprensible que las palomas que un día habitaron la ermita huyeran discretamente con el buche y el pescuezo lleno de lobanillos. Por aquellos lugares no volaban ni los ángeles. Los aeroplanos tampoco, por si acaso.

Pues allí en medio, en la plaza del pueblo, está todo el año abierto el bar de un tal llamado Victorico, que además es un nombre muy común entre sus habitantes, Victorico o  Victorica, según su condición. Sépase que San Victorico fue, junto con otros,  mártir en Amiens (Francia) al que en tiempo del Imperio romano le perforaron las narices y las orejas con sortijas de hierro incandescentes y le taladraron las sienes con clavos ardiendo, degollándolo posteriormente, porque si no, no había manera. De ahí la costumbre de este pueblo en llevar tanta sortija de hierro y cobre. Pues bien,  en el bar de Victorico se reunía media población cuando llegaba la tarde.

Vino blanco y habas pochas, otras veces un cucurucho de manises, chochos o caracoles, según la época. Y fue en pleno verano cuando apareció planeando por encima de los parroquianos una panarra dando bandazos de parte a parte.

La gente que chupaba los caracoles con el monótono chuí, chuí, se quedó perpleja viendo el mamífero volátil. La parroquia pensó en el atrevimiento del bicho. Uno de los Victoricos que andaban por allí comenzó lanzándole un caracolazo. Erró. Los vaivenes del murciélago eran imprevisibles. Pronto todo el mundo secundó al primero hasta convertirse aquello en una cacería colectiva. El bicho volaba con descaro, pero no le atinaba ni Cristo; era un ejercicio baldío. Optó el intruso por desaparecer. Al rato volvió con nuevos vuelos rasantes y provocativos. Alguien dijo:

—¡Olé una panarra con dos cojones!

Sí, señor. Había que tenerlos muy bien puestos para hacer un alarde como el que estaba exhibiendo.

Victoricos y Victoricas se quedaron mirando las habilidades planeadoras del avechucho.

Se aburrieron de verlo en interminables trenzados y picados, optando a la postre por ignorarlo.

La panarra, que no era tonta, se dio cuenta de que era tratada con tolerancia por ser un ejemplar único y usó de este privilegio para posarse allí, en medio de la plaza, al pie de la farola.

—¿No sirve para el arroz?

—Me parece que este bicho hace mal caldo.

—Pues que vuele, que vuele.

Así que la dejaron en paz. Y la panarra fiel a su cita aparecía cada tarde en el lugar sin que nadie osara tirarle ladrillos ni caracoles.

Cuando a uno de los victoriqueños llamado Fusciano (en memoria del compañero mártir de San Victorico) le dijeron que la panarra se alimentaba de insectos, dejaba todas las tardes debajo de la farola un montoncito de cigarrones y moscas de caballo. La panarra iba al lugar señalado y se ponía oronda, mientras que el resto de los comensales hacía el chuí, chuí caracoleño.

Fusciano se fue acostumbrando y llegó a darle de comer en su propia mano y hasta le enseñó a fumar. ¡Habrase visto tal desparpajo! La gente optó por echarle alguna perra gorda en la boina para que Fusciano se tomase un biberón de vino blanco cuando terminase la pitanza. ¡No había televisión, Dios mío!

De esto hace más de cuarenta años y Fusciano sigue dándole de comer a la panarra en el mimo sitio y a la misma hora. Como cosa curiosa la gente acude a ver tan extraordinario espectáculo y le echan centimones de euros.

Por mi santa madre, creo que una panarra no dura cuarenta años, ¿no?, y que el tal Fusciano ha debido poner una granja panarrera para que no se pierda el oficio.

 

La panarra colgadaLa panarra coglada

©Texto de José Manuel Padilla Monge.

 
< Anterior   Siguiente >

© Instituto Tipográfico del Mediodía

Joomla Templates by JoomlaShack Joomla Templates by Compass Design