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Escrito por Genaro Chic   
sábado, 22 de marzo de 2008
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La gracia y la economía de prestigio
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 Conforme las sociedades se van haciendo más complejas en sus sistemas de relaciones, y los medios de comunicación y transporte van aumentando, las relaciones de intercambio a distancia van haciendo desarrollarse formas de mercado más impersonales, en las que el elemento cuantitativo va desplazando paulatinamente a una forma de equiparación cualitativa que cada vez es más difícil entre sociedades distintas, donde los conceptos de valor pueden y suelen divergir. En cualquier caso las distinciones entre personas, que valen para el interior, no significan lo mismo respecto a unos extranjeros que, por definición etnológica, se entiende que carecen de auténtica realidad. Los que sólo saben decir “bar-bar”, esos bárbaros que ignoran algo tan fundamental como el lenguaje con el que se comunican los verdaderos hombres, los extranjeros, son siempre por definición inferiores y no cabe con ellos intercambio de ser cualitativo alguno. Sólo el cuantitativo, considerado inferior, es posible.

Pero poco a poco, a medida que los mercaderes extranjeros, al principio confinados a un espacio aparte al que en griego se denomina “emporio” y en latín “puerto” (con indiferencia de que esté junto a una vía navegable o no), van siendo integrados poco a poco en el marco de las comunidades receptoras y el mercado se traslada a la plaza pública (ágora o foro) como consecuencia del desarrollo de las necesidades de la vida diaria, el comercio de mercado se va manifestando cada vez con más fuerza en medio de sociedades en las que el tráfico de prestigio había sido casi exclusivo. Poco a poco se va desarrollando un individualismo que subraya lo que hay de distinto entre los hombres, lo que marca la separación entre el que da y el que recibe, en vez de la situación anterior en la que la continuidad del ser era contemplada como lo fundamental, y por consiguiente lo colectivo como superior a lo individual. Sólo el mito liberal, surgido a partir del siglo XVII, puede sostener la precedencia del comercio impersonal sobre el de prestigio, solo inteligible en el marco de la sociedad que lo sustenta. La Historia, desde luego no lo apoya.

 Hoy, cuando se produce el reflujo del pensamiento de la Ilustración en todos los órdenes de la vida, no se deja de reconocer que el prestigio, la fascinación producida por la excelencia del ser, sigue siendo el principal motor de la economía, una vez satisfechas las necesidades vitales mínimas. En realidad, nunca ha dejado de serlo. No es hora de explayarse en las relaciones existentes en cada momento histórico entre la economía de prestigio y la de mercado impersonal, que nunca se han dado de forma pura. Ciertamente podemos afirmar que, a lo largo del discurrir del tiempo, no ha habido nunca dos situaciones iguales, por la misma razón de que no hay dos seres vivos exactamente iguales. La mujer, por ejemplo, es un concepto abstracto. Tenemos constancia de que existe cada una en particular, con su nombre concreto, y que son distintas entre sí. Pese a eso ha surgido la ciencia de la ginecología, que parte de unos planteamientos que son metafísicos (la existencia de la mujer como ente abstracto) y permite un notable grado de eficacia al aplicar esos supuestos principios generales a lo particular. Es evidente que no se puede hacer ciencia si no se tiene fe, de la misma manera que sería impensable el desarrollo actual de los mercados impersonales (en los que no suele haber relación personal entre el productor y el consumidor) si no creyésemos en esa esencia virtual que es en la actualidad el dinero. Por eso aunque en la investigación (o “historia”, por decirlo en griego) del pasado no hay nunca dos situaciones que se repitan, podemos percibir que en el fondo todo sigue siendo igual mientras todo cambia, y que más que de un círculo podemos hablar de una espiral en la dirección de los comportamientos humanos. De ahí que unos cuantos investigadores (o historiadores) hayamos considerado interesante reflexionar sobre las relaciones que estimamos que siempre se han dado entre las dos formas económicas que podríamos denominar básicas y hallamos formado un grupo de investigación al que hemos dado el nombre del objetivo de nuestro estudio: “Economía de prestigio versus economía de mercado”, insistiendo siempre en que “versus” no significa “contra” [adversus], como muchos creen, sino “hacia”, pues es una palabra latina y no del vocabulario del sistema judicial americano. Puesto que las dos han convivido y siguen conviviendo, entendemos que su estudio es de una gran utilidad social con vistas a conocernos a nosotros mismos y hacer más fructíferas nuestras relaciones sociales.

No podemos, pues, sin más identificar lo racional con lo verdadero. Hay otro tipo de verdad, llena de gracia, que sólo se mide por su densidad de ser, de forma que cuando ésta es pequeña se tiende al olvido de su realidad. Que el prestigio, y la economía basada en él, no sean conmensurables, en términos racionales u objetivos, no implica desde luego su inexistencia. En realidad, si no pueden ser conmensurables, o sea considerados en relación a otro objeto de dimensiones determinadas, sí que son susceptibles de ser mensurados, medidos desde el punto de vista subjetivo: mucho, poco, bastante, etc. Pero para acercarse a su conocimiento es más válida la emoción que la razón.

G. CHIC GARCÍA, “Prólogo” a la obra de A. A. Reyes Domínguez, Vivir del prestigio, Écija, 2007, pp. 4-10.

 

 

 



 
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