| La gracia y la economía de prestigio |
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| Escrito por Genaro Chic | |||||
| sábado, 22 de marzo de 2008 | |||||
Página 1 de 3 A veces las personas no entienden el comportamiento aparentemente generoso de algunas personas acaudaladas. Es muy frecuente que, ante la formación de Fundaciones benéficas, se busque un interés crematístico directo a través de unas posibles deducciones fiscales. No diría yo que ese aspecto esté ausente, pero sospecho que la cuestión es bastante más complicada. Al fin y al cabo la fortuna no se limita al dinero, aunque pueda ser uno de los atributos de la misma. Hay personas acaudaladas que son desgraciadas, hasta el extremo de llegar al suicidio, y, por el contrario, otras que sin tener riqueza tangible se consideran plenamente afortunadas o agraciadas porque, por ejemplo, ven a sus hijos crecer sanos de cuerpo y de mente. Dicho lo anterior, percibimos que hay una palabra que lo domina todo, y esa palabra es “gracia” ('kharis' en griego, de donde el latín 'charitas'). El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua relaciona el significado de la misma con un don que una persona posee. Para una mentalidad cristiana será un don de Dios, que hace a esa persona agradable a los ojos de los demás. Pero ¿en qué consiste ese don? ¿Qué es lo que se dona? Posiblemente la elevada racionalización de la vida haya llevado a perder el sentido de algo que para una mente primitiva –donde la separación entre el sujeto y el objeto no es tan nítida como en nuestra cultura evolucionada- no era tan difícil entender. “Para una mentalidad primitiva”, como diría Lucien Levy-Bruhl (Alma primitiva. Madrid, 1985), “bajo la diversidad de las formas que revisten los seres y los objetos en la tierra, en el aire y en el agua, existe y circula una misma realidad esencial, a la vez una y múltiple, material y espiritual. Constantemente va pasando de unos a otros. Por ello se explica -en la medida en que estos espíritus aspiran a una explicación- la existencia y la actividad de los seres, su permanencia y sus metamorfosis, su vida y su muerte. Esta realidad misteriosa expandida por todas partes, menos representada que sentida, no puede, como en el caso de la sustancia universal de nuestros metafísicos, presentarse bajo la forma de un concepto. E. Codrington [1770-1851] la dio a conocer por vez primera bajo el nombre de mana”. O sea se siente una fuerza sobrenatural, impersonal e indiferenciada que existiría en todos los seres, pero en particular en determinadas personas [con auctoritas] y cosas, que por tal motivo son consideradas sagradas (tabú) cuando la concentración de esa fuerza es muy notable en ellas. A esa fuerza dinámica, en potencia, que en cualquier momento puede manifestarse como energía en el momento de la acción, es a la que entiendo que nosotros llamamos “gracia”. Todos los seres están dotados de esa fuerza dinámica, esa gracia [que nutre el alma, anima en latín o ánemos en griego], aunque unos serán más agraciados y otros realmente desgraciados. Ni que decir tiene que la percepción de esa gracia (“gratia” en latín) es puramente emocional. A unos seres se los siente como más llenos de fuerza, de sacralidad, que a otros, entendiendo que los seres supremos son los que disponen de la máxima potencia de gracia. Las personas o los lugares que se siente que tienen más gracia, más fuerza dinámica, son considerados por ello sagrados, llenos de gracia. ¿Y ello cómo se percibe? Muy sencillo, lo que está lleno de ser, de gracia, de sacralidad, no se puede olvidar. Son por tanto verdaderos, frente a aquellos que dejan tan poca huella que pronto se les olvida. La verdad, desde este punto de vista, no se opone a la mentira, que es su negación, sino al olvido, que es síntoma de la poca consistencia del ser referido. En griego antiguo, la palabra que designa lo verdadero es “alethés” (en griego), compuesta del privativo a- (“sin”) y de la palabra plena “lethe” (olvido). De ahí que se piense que los muertos, a los que se va olvidando, atraviesan el río Leteo, como decimos nosotros, o sea el río del olvido. El adagio castellano “qué te iba yo a decir que mentira no era” (porque si es verdad no se ha podido olvidar), sigue recordando, aunque ya un poco alterado, esa forma de pensamiento, según la cual algo que se repite hasta la saciedad de forma que todo el mundo lo tiene presente, termina siendo considerado verdadero. Esa gracia no se encuentra reducida en compartimentos estancos. Al contrario, circula por todo lo que tiene ser, o sea por todo lo existente, sin pararse en barreras individuales. El ser es, y el no ser no es, así de sencillo. Si algo tiene ser, tiene necesariamente gracia, aunque no siempre en la misma proporción. Es como el humo, que se puede dar como mayor o menor densidad en determinados puntos, pero no hay límites claros entre ellos, y por consiguiente se puede desplazar la densidad haciendo que en una parte haya sucesivamente más o menos cantidad. La gracia, por tanto se puede transferir (dar las gracias implica un soberbio don) y la calidad de la misma dependerá de la fuente emisora. De ahí que no haya nada superior a la gracia divina. Evidentemente, esta dación es, como su propio nombre indica, ‘gratuita’, ‘gratis’ [gratiis, en latín: “con gracias”], porque la gracia (“gratia”) no se puede mensurar de forma estricta. No tiene sentido decir “te doy un kilo, o un metro, de gracias”, sino sólo “muchas gracias” o “gracias” a secas. Y ya se entiende que quien tiene más gracia, quien es más afortunado, necesariamente tendrá que dar más, lo que no es sino una manifestación de su grandeza. O sea de su autoridad, dado que “auctoritas” es una palabra relacionada con “augeo”, “aumentar”, y lo “augusto” es lo que es más grande, lo que tiene más autoridad Entre el que es más (“magis”), el que se eleva sobre los otros y aparece con frecuencia como “magistrado”, y el humilde (“humilis”), el que es menos y permanece pegado a la tierra (“humus”), cabe un tráfico de ser. El tráfico racional de bienes, el de mercado, considerado en base a la cantidad de lo intercambiado, tiene por tanto poco que ver aquí, donde todo tipo de intercambio ha de ser necesariamente personal; no impersonal, como el que nosotros estamos acostumbramos a utilizar dando una importancia mucho mayor a los aspectos cuantitativos de las transacciones mercantiles. Lo que se intercambia en este tipo de relaciones, que ahora describimos brevemente, es fundamentalmente la gracia, el mana o cualidad de las personas que se transmiten porciones de fortuna. Una fortuna que, repito, se puede manifestar a través de objetos concretos, pero también en forma de influencia sobre otra persona para lograr algo, o sea de recomendaciones acerca del trato a recibir por parte de otro poderoso. Dice también nuestro refranero que “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”. Evidentemente, quien recibe ese tipo de gracia, tangible o intangible, queda inmediatamente agradecido, o sea en deuda de gratitud, hacia quien le ha transmitido previamente su gracia. Recordemos la definición de gratitud que hace el citado DRAE: “Sentimiento por el cual nos consideramos obligados a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho o querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera”. En este realismo mágico, según el cual se entiende que la realidad (la calidad de “res”, de cosa) puede aumentar o disminuir mediante transferencia de unos puntos o “seres” a otros, obtendrá ventaja quien sea mejor “præstigiator” (“prestidigitador”), el que destaque en el manejo del “præstigium” (fantasmagoría, juegos de habilidad manual). No es difícil entender, desde esta perspectiva, por qué en español la palabra “prestigio” sigue significando en principio “juego de manos”, como en latín, y como consecuencia, “fascinación o ilusión con que se impresiona a alguien”. Pero hoy, cuando el prestigio sigue siendo el motor de la vida socioeconómica, y ésta se entiende que ha de estar regida por principios de racionalidad, se prefiere darle a la palabra “prestigio” más bien el sentido de “ascendiente” e “influencia”, que permite dar a la manera de hablar una sensación como más laica. La imaginación, o sea la creación de imágenes a través del contacto que nuestro |
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